• Viaje a Rumanía - Monasterios de Maramures

    Allá donde Rumania se confunde con Hungría y Ucrania, principia la fascinante región de Maramures. Entre los bosques de abetos, que cubren las ultimas estribaciones de los Cárpatos, subsiste una Europa de sabor medieval. Su historia la cuenta un pueblo puro y campesino, que vive al ritmo de las estaciones y cuyas bellas iglesias de madera han sido declaradas patrimonio de la humanidad.

    Amanece otro domingo en el monasterio de Barsana. El campanario entona un solemne tañir y el sol ilumina las escamas de roble en su torre puntiaguda. Por el camino que conduce a la vecina Barsana, villa fundada en 1326, acuden los primeros fieles: ancianas enteramente vestidas en tonos oscuros, desde las medias hasta el pañuelo que les oculta los cabellos; jóvenes engalanados con la camisa blanca y el chaleco bordado en lana del traje tradicional.

    Atraviesan respetuosos el arco de entrada del monasterio y sobre todos ellos flota un aire antiguo, de otra época. Luego aparecen las monjas, sombras negras moviéndose de un lado a otro como en un sueño, cuidando de los preparativos para la misa ortodoxa. Se encienden las veladoras frente a los iconos de nombres en letra cirílica, y crece el rumor de las plegarias. Finalmente, con la presencia de los popes de largas barbas inicia una ceremonia eterna, cantada a intervalos por voces femeninas. Alrededor, el paisaje silencioso de suaves cerros, de bosques y campos de labranza, nos confiesa que no estamos en el siglo XXI.

     
    Despiertan al mundo

    Ocultas durante siglos en los Cárpatos, las iglesias de madera de Maramures han sido uno de los tesoros secretos de este país. Estas bellas durmientes han despertado para que otros más allá d elos habitantes de países vecinos conozcan una de las zonas más alejadas del país balcánico. Parece que aquí el tiempo se ha detenido.

    Todo en este lugar -desde las casas hasta los utensilios domésticos- son de madera. Pero donde el trabajo de los habitantes alcanza la categoría de arte es en la edificación de las famosas biserici de lemn (o iglesias de madera). Aunque no son exclusivas de Maramures sino que forman parte de una tradición arraigada en Europa oriental desde el norte de Rusia hasta el Adriático, las iglesias de madera de este rincón rumano son el mejor ejemplo. Por su cantidad, calidad y riqueza ornamental, la UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999.

    Si queremos conocer bien Maramures es necesario adentrarse por sus valles. El Mara, el Izei, el Vizeu y el Vaser son los principales, y las orillas de los ríos que los surcan están salpicadas por aldeas construidas en madera, herencia cultural de siglos. E valle de Izei es el que ofrece un itinerario más interesante. Durante el recorrido vale la pena contemplar el entorno rural y detenernos en las pintorescas poblaciones: Badu Izei, Barsana, Rozavlea, Botiza, Ieud, Bogdan Voda, Desesti... En cada una de ellas irán apareciendo las bellas durmientes de madera generalmente en lo alto de una colina. Algunas de estas iglesias datan del siglo XV. La mayoría se construyeron a partir de 1717, tras la huida de los tártaros, quienes quemaron todos los templos que encontraron a su paso. Inspiradas en la arquitectura gótica, se caracterizan por altas torres en forma de aguja, soportales amplios y un coro elevado en el interior. Mención aparte merecen los frescos en los que se representa la iconografía divina según el credo ortodoxo griego. El monasterio de Barsana, un conjunto admirable, y la iglesia de Ieud, levantada en 1364 y donde se encontraron los primeros documentos escritos en rumano, son dignas de admirarse. Lograr convencer a los sacerdotes de que tratasen a las iglesias de madera no sólo como lugares de culto, sino también como monumentos culturales, fue un gran desafío. La iglesia de Surdesti, por ejemplo, es el edificio más alto del mundo construido con madera de roble (72 metros altura).

     El tiempo detenido

    Viajar a Maramures supone un desplazamiento en el espacio y también en el tiempo. El circo montañoso que rodea sus valles dibuja una suerte de frontera que, en gran medida, ha aislado a sus habitantes del mundo. Cuando las legiones de Trajano ensanchaban el imperio romano por Europa oriental, tropezaron con la tenacidad de ciertas inconquistables tribus dacias. Por eso, esta esquina de la actual Rumania conserva rasgos étnicos homogéneos -cabellos, ojos y piel claros- y orgullosamente se considera a sí misma el “País de los Dacios Libres”. Ni las invasiones tártara y turca, ni la influencia húngara dejaron gran huella. Tampoco la colectivización soviética tan notoria aún al cruzar la frontera con Ucrania. Maramures tuvo incluso la fortuna de escapar a la política de “uniformización” de los pueblos perpetrada por el dictador Ceausescu. Así pues el viajero que se adentre por estos tierras tendrá el privilegio de conocer el carácter de una cultura original y sugestiva como pocas guarda hoy Europa. Con un poco de suerte nuestra visita coincidirá con alguna fiesta campesina. Quizás de tipo religioso, pero más probablemente se trate de un baile, a los que son tan afectos los campesinos de los Cárpatos. La música corre a cuenta de instrumentos regionales como la cetera, violín de tonos más agudos; la doba o tambor y la zongora, una guitarra de tres cuerdas. La hospitalidad y el despliegue de un colorido folclor están garantizados. Al unirnos a esta fiesta presenciamos una de las últimas manifestaciones de una Europa medieval que aún pervive en el corazón de los últimos dacios libres.

    Un cementerio feliz

    Nuestra travesía debería finalizar en Sighetu Marmatiei, la ciudad más septentrional del país y centro ganadero de importancia. Esta villa posee notorias reminiscencias del imperio austrohúngaro en los edificios de cal y canto levantados en torno a la Piata Libertatii. Aunque, ciertamente, no es ésta la arquitectura típica de la zona, que expone sus mejores ejemplos en el Museo Etnográfico de Maramures, a las afueras de Sighetu. Se trata de un museo al aire libre donde está atesorada una colección de las casas de madera de la región, desmontadas en sus lugares de origen y reconstruidas aquí. Sorprende la originalidad constructiva de la vivienda campesina y la destreza para la talla de madera que poseen sus artífices.

    La siguiente visita conviene pagarla al camposanto de Sapanta, a apenas 12 Km. de Sighetu. Este pueblo tiene renombre por su “Cementerio Feliz”, el monumento funerario más visitado del mundo, tras las Pirámides de Egipto. Su creador fue Ioan Stan Patras, hábil ebanista local, quien en 1935 comenzó a tallar cruces muy particulares. Todas las tumbas están pintadas con un azul vivo. Bajo la cruz, un relieve naive y policromado nos muestra al difunto en el momento de la muerte, o bien haciendo lo que más le gustaba en vida. Realmente curiosos son los epitafios, relaciones humorísticas de los vicios y virtudes y de las anécdotas más memorables de cada cual. Uno de los mejores, lo encontré bajo una cruz donde un hombre vaciaba botellas en buena compañía. Decía: “... nada disfrutaba más que sentarme al calor de una taberna, con un buen vino y una buena mujer. Siempre que fuera la mujer de otro”.

     

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